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mailto: Jorge Jorge - Cuentos de cuento: 2

Diez minutos
1 Terrón
I - Encuentro, II - Sorpresas
En un bar, Patricio tiene un insólito encuentro, que lo conducirá a una sorprendente experiencia - Beeing in a bar, Patricio has an unexpected encounter, following a surprising experience.



I - Encuentro

Patricio elegía siempre la misma mesa en El Cafetal. Le gustaba tener unos minutos "en blanco", sorbiendo un café caliente; levantando de cuando en cuando la mirada hacia la calle, visible por las paredes de vidrio de todo el frente del local.

Miró "su mesa"; estaba vacía y hacia ella fue. Quiso correr la silla para sentarse pero pareció anclada en el piso. Miró al suelo y no vio nada. Volvió a intentar y, esta vez, la silla se desplazó normalmente. Comenzó a sentarse y no dio crédito a sus ojos: la silla del otro lado de la mesa se había movido.

Tuvo la clara sensación de que alguien, sentado frente a él, lo observaba. Absurdo. Un escalofrío lo recorrió.

Su respiración se hizo pesada y se quedó inmóvil. Su mirada recorrió el salón: nada anormal. Se sobresaltó cuando el mozo le preguntó qué se iba a servir. "Sí, sí, un café", respondió.

Otra vez, la silla se movió. "Puedo jurarlo", se dijo. Desapareció esa impresión de "compañía", pero él siguió tenso.

Trató de distraerse mirando a la gente de la calle. Una chica de remera blanca, jean y zapatillas ingresó en el bar. De mediana estatura, pelo negro lacio, delgada, muy armoniosa. Se sorprendió pendiente de cada detalle de esa muchacha. Y su sorpresa fue mayor cuando ella, sin vacilación, se dirigió a su mesa y se sentó frente a él, diciéndole, con toda sencillez:

- ¡Hola!
- Hola ... - respondió Patricio.

Ella encontró su mejor posición en la silla, sin dejar de mirarlo.

- ¿Nos conocemos? - dijo él, tratando de serenarse.
- Sí.
- ¿Sí?
- Yo estaba en esa silla, cuando llegaste.
- ¿Vos?
- Bueno, no vuelvas a asustarte.
- Pero ...
- Tuve que dejar ese lugar ... y, después, preferí regresar.

Era demasiado para Patricio. Se habría levantado e ido, pero estaba idiotizado frente a esa mujer que, a pesar de todo, parecía tan normal como cualquier otra. La miró largamente. Nada sobrenatural o extraño. Un rostro muy sereno, una leve sonrisa. Se sintió confundido, sin saber si se asustaba más o comenzaba a serenarse. Se escuchó decir:

- Me asustaste. Sí.
- ¿Tengo algo de raro?
- No, claro que no. ¿Aparecés y desaparecés, vos?
- Mira, fuiste tú el que vino a mi mesa.
- ¿Tu mesa?
- Quiero decir: yo estaba tranquila aquí; llegaste tú y, bueno, en lugar de irme, aquí estoy.
- No, no. ¡Me estás cargando!
- ¿Quieres que te pellizque?

La propuesta sorprendió a Patricio serenándolo y decidiéndolo a seguir con el insólito encuentro.

- ¡Dale!

Ella estiró una mano y pellizcó suavemente un antebrazo de Patricio.

- ¿Mejor así?
- Creo que sí. ¿Qué es esto? ¿un encuentro del tercer tipo?
- ¿Una extraterrestre yo?
- ¿ ... ?
- ¡No! ¡Tan argentina como tú!
- Hablás de "tú".
- Es sólo un matiz.

El mozo dejó el café para Patricio y, antes de preguntar por el pedido de ella, le escuchó decir: "otro igual".

- Digamos que se me está pasando el susto. No entiendo nada.
- Está bien, está bien. A ver: aquí hay varias personas, además del mozo y una chica en la caja, ¿sí? - dijo ella, recorriendo el local con la mirada.
- Sí ...
- Convengamos: todo está normal. ¿Puedes tranquilizarte?
- No tengo alternativa.
- Mejor así.

Patricio se tomó tiempo. Miró los ojos de esa muchacha: bellos ojos negros, profundos, largas pestañas, cejas pobladas; mirada penetrante y segura. Nada distinto o sobrenatural pero esos ojos, que estaban pendientes de él, mostraban confianza absoluta en sí misma. Ella dominaba completamente la situación. Él seguía confundido. Se sintió perturbado por ese mirar. Haciendo un esfuerzo, dijo:

- "No creo en brujas pero, que las hay, las hay"
- ¡Buen comienzo! - festejó ella, riendo de buena gana, iluminando su rostro.
- Desaparecés, aparecés, sos argentina, ¿de dónde?
- Del Sur.
- ¡Del Sur! Yo habría pensado, del Norte, de Santiago del Estero, de Salta. Repito: ¿de dónde?
- Del Sur - reiteró ella, tornándose enigmática.
- Desde Magdalena hasta la Antártida, el Sur ...
- ¿Cuál es tu nombre completo? - preguntó ella.
- Patricio Vespuzzi. ¿Por qué?
- Vos naciste acá. ¿Tus padres? ¿Tus abuelos?
- Mis abuelos: italianos y españoles.
- Yo también nací acá. Solo que te llevo ventaja: mis antecesores llegaron mucho antes - dijo ella, volviendo a tornarse enigmática.
- ¿Estás paseando?
- Sí. Es la primera vez que vengo por esta ciudad. Me gusta.
- ¿Qué has conocido?
- Todo - dijo ella, sonriente.
- ¿Todo? ¿Hace mucho que llegaste?
- No, no.
- Ya sé, ya sé, ¡apareciste y desapareciste por todos lados!
- ¡Más o menos! ¡Me estás entendiendo!
- ¡Pará, pará! - dijo Patricio, animándose -. La catedral, la Estación de Trenes, el Museo Provincial de Bellas Artes, el Coliseo Podestá ... Gorina, la Destilería. ¿Todo? ¿Qué es todo?
- ¡Todo es todo! - dijo ella, riendo con ganas -. En el Coliseo Podestá estaban ensayando; la Destilería tira demasiado aceite en un canal al lado de la calle 60, de la Avenida del Petróleo Argentino, en realidad; la Estación de Trenes estaba sucia y con los baños horribles ... ¿Sigo?

Patricio se quedó en silencio. Ella parecía divertida mirándolo.

- ¡No sería en taxi, que has estado por todos lados! ¿Te desintegrás vos?
- Me alegra mucho que te sientas mejor.
- ¿ ... ?
- Quiero decir: curioso y simpático. Te estás olvidando del susto inicial.
- Gracias, gracias, pero no terminás de contarme nada. Ahora, por ejemplo, ¿qué? ¿desaparecerás? ¿te irás? ¿así de simple?
- Bueno, para mí es simple.
- Lo hacés, y ya está.
- No sé si puedo explicarte, ni sé si tiene sentido, ¿no sería mejor que lo aceptes, simplemente?
- Yo también puedo decir: "Ésta es mi mesa" y ... yo ni te busqué, ni te llamé, volviste vos.

Algo parecieron conceder esos ojos negros.

- Vos, a veces, no ves a una persona, ¿por qué? Por distraído, por preocupado, o hasta podrías ver nada de nada en estado violento. Algo así debe ser lo que yo puedo hacer, sólo que al revés y un poco más complejo: puedo lograr que no me veas.
- Y te vas y venís. ¿En cuanto tiempo recorriste la ciudad? ¿en un día? ¿en un minuto?
- ¡Curioso! ¡Curioso!
- ¡Qué lindos ojos que tenés!

Ella se puso a reír, sin dejar de mirarlo. Él se apoyó en el respaldo de la silla, tratando de contemplarla.

- Hago las cosas sin preguntarme cómo o por qué. Tú, cuando corres, no te preguntas ni sabes cómo se arregla tu cerebro para coordinar intenciones con movimientos. Simplemente corres.
- ¿No sos humana vos?
- ¿Eres humano tú?
- Sí.
- Yo también.
- Pero ...
- Sólo hay diferencias de estado físico y mental.
- ¿De estados? ¿no de esencia?
- Yo nazco y muero igual que vos.
- Algunas diferencias habrá.
- Quizá, sólo de tiempo.
- Tenemos, más o menos, la misma edad.
- Más o menos, sí.
- ¿Qué querés decir?
- ¡La culpa es mía, por quedarme! - exclamó ella, con una sonrisa.
- A ver, a ver. Puedo imaginar cualquier cosa: vos naciste ayer. No, mejor, hace cien años. ¿Me vas a dejar con la duda?
- Debería. Te contesto de otra forma: para ti el tiempo cuenta; yo, en cambio, tengo cierto dominio sobre él.

Patricio miró su reloj, y dijo:

- Hace más de cinco minutos que estamos conversando. Esos minutos también pasaron para vos, supongo.
- Claro que sí. Pero los próximos meses, seguramente, van a ser muy distintos para vos y para mí.

Patricio se quedó pensativo. Se le ocurrió proponer:

- Vení dentro de un año. Veremos.
- No valdrá la pena.
- ¿No?
- Mejor sería si vuelvo dentro de ... cuarenta años.
- ¿Cuarenta años? ¿No es demasiado eso?
- Para mí no, verías la diferencia.
- Yo abuelo, ¿y vos?
- ¿Yo? Aún noviando.
- Tu novio, ¿dónde está tu novio?
- Dando vueltas por el norte de China.
- ¿Hace mucho que no se ven?
- No, no, ayer cenamos juntos.
- ¿En China?
- No, en su casa.
- En su casa, ¿en el Sur?
- ¡Exacto!
- Cenaron juntos. ¿Vos también cenás?
- ¿Cómo que no?
- Digo, ¡qué sé yo!
- Más o menos igual que vos: vegetales, carnes.
- No has tomado tu café. Se enfrió.
- Esa es otra historia ...
- ¿Nunca lo tomás? ¿Para qué lo pedís?
- Esto es un bar. Se supone que lo menos que debo pedir es un café.
- Pero lo dejás sin tomar. ¡Qué raro para el mozo!
- No, no. Él creerá que lo tomé.
- ¿Creerá?

Dos dedos de ella tocaron el borde de la tacita. El agua hirvió y se evaporó. Los ojos de Patricio no dieron crédito a esos hilos de vapor y su mano avanzó hacia la tacita humeante, pero ella lo detuvo con un gesto. Esperó unos segundos en silencio. Cuando, finalmente, lo dejó tocar el pocillo, debió retirar muy rápido los dedos, aún estaba muy caliente.

- ¡Me tenés podrido con tus demostraciones! - reaccionó Patricio.
- ¡Protesto! - dijo ella -. Eres tú el que pregunta y pregunta. ¡Tú me tienes podrida con tus preguntas! - Y se puso a reír, con dulzura.

Patricio rió también. Llamó al mozo y cual colmo de diversión, muy seriamente, le pidió dos cafés más, y agregó: "¡Bien calientes, por favor!" Y continuaron riendo. Las manos de ambos estaban cerca. Él intentó tocarlas pero, precavido, se detuvo. Ella rió más aún y lo tocó a él, la temperatura de sus dedos era normal.

- Me voy - dijo ella.

Terminaron las risas.

- No vinieron aún los cafés - recordó Patricio, con intención.

Ella se detuvo, ahora, a mirarlo, como dentro de él.

- Bueno, desaparcé no más - dijo él.

Ella continuó mirándolo. Y dijo:

- ¿Quieres venir conmigo? ¿Te animas?
- Deberías saber, soy casado - fue lo que se le ocurrió decir, a Patricio.
- No me interesa saber lo que no me dices. ¿Qué gracia tendría charlar contigo?

Patricio pareció "pesar" algunas cuestiones y dijo, mirando su reloj:

- No, no tendría tiempo.
- Tu tiempo, ¿de qué tiempo puedes disponer? ¿diez minutos? ¿media hora?
- ¿Para no preocupar a mi gente?
- Supongo.
- Diez minutos.
- Bien. Espérame - ella comenzó a levantarse.
- Allí traen los cafés - dijo él.
- Está bien, menos de un minuto - dijo ella, caminando hacia la puerta de El Cafetal, y la cruzó.

El mozo depositó los cafés como preguntando si debía o no. Un gesto afirmativo de Patricio disipó su duda.

Mucho menos de un minuto. La muchacha de los bellos ojos negros retornó. Una camisa abotonada, de un blanco brillante, reemplazaba su remera anterior. Con sólo un ademán de volver a sentarse, dijo:

- Toma el café mío también, te hará falta.

Patricio dejó sobre la mesa el pago de los cafés y salieron del local. En la vereda, ella pasó su brazo derecho por la cintura de Patricio. Él sintió un tirón, y se encontró en la azotea del local frente a una esfera blanca, casi transparente, de unos dos metros de diámetro.

- Tuve que traer esto. Es casi una pieza de museo, pero bueno, no hay otra forma de llevarte de paseo.

I - Encuentro


II - Sorpresas


Patricio, tembloroso y deslumbrado, era todo atención.

- Adentro encontrarás un sillón, yo estaré en otro compartimiento, separado por un cristal.

Dieron dos pasos. Una puerta se abrió. Ingresaron. Ella agregó:

- Quizá sientas un poco de mareo, pero no te preocupes, imagínate que estás entrando en algo así como una cámara de descompresión para buzos. Él quiso decir que de buzos no tenía la menor idea pero, simplemente, ingresó en ese extraño artefacto.

El habitáculo sólo tenía un sillón anatómico, confortable. Nada más. A Patricio lo rodeaban paredes metalizadas, siempre con esa sensación de transparencia, y un amplio cristal detrás del cual ella, de pie, le sonreía.

Sintió un poco de mareo. Cerró los ojos. Cuando los abrió, la sensación desagradable había desaparecido y la sonrisa de ella aumentado. Salieron de la esfera.

Ella, ahora, estaba toda de blanco, pantalones ajustados y una suerte de botines. Su tez bronceada y sus cabellos negros eran una belleza. Él, en cambio, estaba tal cual, con su propia vestimenta, pero se sintió todo cubierto, por una aureola, de pies a cabeza, como un buzo que lo aislaba pero que no le impedía ningún movimiento.

Miró a su alrededor y aquello era una especie de barrio residencial, de calles irregulares arboladas, con flores, todo muy prolijo. Día soleado, temperatura muy agradable. Se veían algunas personas, como en cualquier lugar tranquilo. Dos grandes diferencias: ningún vehículo a la vista; y las casas de sólo una y dos plantas, de forma trapezoidal, con grandes ventanales y una impresión general: como si las paredes fueran todas de vidrio.

Entraron en una de ellas. Patricio miró su reloj: parecía no haberse movido desde que saliera de El Cafetal.

- Éste es mi hermano, creo que te gustará charlar con él - dijo ella.
- ¡Hola! - dijo el hermano -. ¡Pasa!

Parecido a la hermana, algunos centímetros más alto que él. Patricio se dejó conducir a una sala con vista al exterior. Otras casas se perdían entre los árboles. Fue invitado a sentarse. Las sillas y la mesa eran de algún material transparente. Casi nada a la vista, pero parecía evidente que las paredes sin ventanas tenían algo especial. Pulcritud total.

La hermana no se quedó con ellos.

- ¿Dónde estoy? - fue lo primero que se le ocurrió preguntar a Patricio.
- Te digo lo mismo que mi hermana: en el sur del país.
- El verde, los árboles, no se parece mucho al "Sur".
- Es cierto. Pero estamos en una depresión natural, con algunos grados más en el suelo y con protección de los vientos.

Patricio ya había aprendido, con la hermana, que cualquier respuesta lo llevaba a más preguntas sobre lo mismo, le convenía cambiar él, siempre que pudiera.

- Estás vestido también de blanco, ¿por qué?
- Digamos, sólo por coquetería. En general tenemos la tez bronceada y los colores claros nos sientan mejor.
- ¿Qué es lo que tengo yo alrededor mío?

El hermano sonrió, como pidiendo disculpas.

- Tenemos que aislarte, pero, ¿te sientes incómodo?
- No, no, para nada. Microbios, supongo.
- Eso es. Ya me dijo Cétir, que harías muchas preguntas.
- Ah, se llama Cétir ...
- Ceterni. Le decimos Cétir.
- ¿Y vos?
- Tácay.
- Preguntas, sí, tengo mil preguntas. ¿Y vos? ¿Tendrás más respuestas que ella?
- No tantas, pero bueno ...
- ¿Se enferman ustedes?
- Casi no.
- ¿Tienen medicinas para todo?
- No. Más simple que eso. Casi hemos logrado eliminar o tener bajo control todo tipo de bacterias, bacilos, microbios o cosas parecidas.
- Creo entender - Patricio miró su reloj: a dos minutos de El Cafetal. Seguro que no estaba soñando. Tendría que hacer mejores preguntas. Su tiempo se esfumaría.
- No vi ningún vehículo afuera, Cétir me trajo en una esfera que llamó "pieza de museo".
- Hum ... - hizo Tácay -. ¿Cómo te explico? Hace algunos años ustedes, digo, la civilización a la que perteneces, consiguió superar la barrera del sonido. Nosotros estamos en camino de superar la barrera de la velocidad de la luz, ya lo tenemos a nivel experimental. Por debajo de 300 mil kilómetros por segundo dominamos todas las posibilidades, ¿está la respuesta?
- Diría que sí.
- A medida que te acercas a la velocidad de la luz casi te desintegras. No es precisamente eso, pero ...
- ¿Y?
- Da igual desintegrarse sólo que dentro de un vehículo.
- ¿Ustedes han llegado a prescindir del vehículo?
- Algo así.
- ¿Y así, van a la China o a las estrellas?
- A las estrellas no tanto. Al principio fue el gran atractivo, pero no se gana demasiado aún a la velocidad de la luz; algunas distancias tienes que contarlas en miles o millones de "años luz".
- Pero, a la velocidad de la luz, el tiempo ...
- Pero de qué te sirve regresar acá dentro de miles o millones de años, ¿para encontrarte con quiénes? No, eso perdió atractivo para nosotros.
- ¿Y pasando la "barrera de la luz"?
- !Ah, entonces todo puede ser muy distinto!
- ¿Controlar el tiempo?
- Quizá sea mejor decir que será posible "meterse en el tiempo". ¡A voluntad!
- Ya que estamos, ¿y los platos voladores?
- Esos se parecen más a nuestras esferas.
- ¿Entonces?
- Digamos que puedes diferenciar cuatro grandes niveles tecnológicos de dominio de velocidad: sobre la del sonido, a media velocidad de la luz, cerca y por debajo de ésta y por encima de la velocidad de la luz.
- ¿Los platos voladores son del segundo nivel?
- De ese orden.
- ¿Son terrestres?
- ¿Terrestres? No. A menos que sean chicos haciendo travesuras...
- ¡Chicos, mirá vos, nunca se me hubiese ocurrido! Pero, ¿de otros lados? Yo, en realidad, nunca creí que ...
- El universo es demasiado grande para que pretendamos ser los únicos seres inteligentes.
- Dijiste "inteligentes", no "humanos". ¿Entiendo bien?
- Muy bien.
- ¿"Inteligente" es más universal que "humano"?
- Te respondo con otra pregunta: ¿qué obligación tiene el universo de repetir el concepto "vida" nuestro, terrestre?
- ¿Qué es "humano" para vos?
- Un ser inteligente, evolutivo, oxígeno-dependiente.
- Oxígeno-dependiente. Entiendo pero, ¿hay otros "inteligentes evolutivos" con otra dependencia?
- Si, los hay, cuántos no sé ... yo conozco, por ejemplo, a los helio-dependientes.
- ¿Helio-dependientes? ¿Cómo es eso? ¿cómo son?
- Son de contextura gaseosa, ¿"contextura"? ... son informes, en realidad.
- Pero, esperá, esperá, volvamos a la Tierra. ¿Hay otros "terrestres", como ustedes?
- Otros "pueblos" ... Sí, los hay.
- ¿Sí? ¿Dónde?
- En cada continente, por lo menos uno.
- ¿Se puede entender eso?
- Creo que sí. Derivamos de civilizaciones con miles de años de antecedentes culturales.
- ¿Se relacionan entre ustedes?
- Sí, en todo sentido.
- Y, en América, ¿ustedes son los únicos?
- No. Están los descendientes de los Mayas y de los Incas.
- No, no. ¿Qué? ¿También tienen sus respectivas "depresiones de terreno"?

Una simpática sonrisa iluminó el rostro de Tácay, para decir:

- Claro que no. Son infinitas las posibilidades de establecer éste u otro tipo de ciudad, en los más diversos lugares.
- Yo debo estar soñando pero, se las conocería, están los aviones, los satélites.
- Tu razonamiento es correcto pero, lo llamamos "inmunidad perceptiva", es mucho más fácil de lo que puedas pensar.
- ¡Qué lejos estamos! Mi civilización, digo.

Patricio volvió a consultar su reloj. A cinco minutos de El Cafetal. Le resultaba claro que ningún tiempo le alcanzaría. Se le ocurrió preguntar:

- Argentino vos. ¿Por quién votás vos en las elecciones?

Tácay rió a carcajada limpia, para decir:

- Argentinos por pertenencia a esta tierra, sí, pero estamos absolutamente desconectados de su sistema político. No nos hace falta. A la inversa, es lo mismo.
- Pero, en todo caso, nosotros, ¿no necesitaríamos de ustedes?
- No. No valdría la pena. Tú evolucionas distinto de tu vecino, las naciones evolucionan distinto. Así ocurre con los pueblos. Cada cual va encontrando y logrando sus "saltos evolutivos".
- ¿Ustedes los han tenido?
- ¡Por supuesto!
- El de la velocidad de la luz, por ejemplo.
- Si, pero no es el más importante.
- ¿No? ¿Cómo que no?
- Es infinitamente más importante el "salto evolutivo social"
- ¿Qué es eso?
- Cómo te explico. Todos nosotros nos formamos con el máximo de educación, con el máximo de salud. Nosotros no tenemos "clases sociales" de ningún tipo. Dicho de otra forma: todos somos reyes, reinas, princesas y príncipes.
- ¿Todos?
- Absolutamente todos. Por eso somos "un pueblo". Hace mucho tiempo, dejamos de ser "un reino".
- Pero, habrá algunos que son "más reyes" o "más reinas", los que gobiernan, digo.
- Entre nosotros, el concepto "gobierno", como lo entienden ustedes, es muy antiguo. Otra vez: nos gobernamos todos. Ya sé, es más fácil decirlo que entenderlo y, aún, hacerlo.

Tácay sostuvo la mirada pensativa de Patricio, y continuó:

- Por eso, el social es el salto de transformación más importante, el primero, el que conduce a todos los demás; "explosivamente", diría yo. Y aún están las enormes simplificaciones.
- ¿El ideal de la igualdad de oportunidades?
- Sería mejor decir: multiplicación o potenciación de objetivos. También el concepto "oportunidad" queda superado.
- ¿Todos crean, todos deciden?
- ¡Algo así! Quizá se entienda ahora, mejor, el "torrente" de saltos cualitativos, de todo orden, que esto hace posible.
- No se puede evolucionar en una sola dirección ...
- Quizá se pueda pero es demasiado lento y, más tarde o más temprano, le faltará sustento.
- ¿"Simplificaciones", dijiste?
- Sí, muchas. Hace bastante tiempo cayó en desuso la moneda, por ejemplo.
- ¿No tienen Ministro de Economía?
- ¡Mejor que eso! ¡Ya no tenemos economistas! Bueno, también se extinguieron los "políticos", ahora, todos somos políticos.

Patricio se quedó mirando a Tácay, sospechando que le estaba tomando el pelo. No. Él hablaba muy seriamente.

- Y ustedes, ¿hace mucho que tuvieron este gran "despegue"?
- Hace unos siglos.

Cierta tristeza apareció en los ojos de Patricio, diciendo:

- Me parece entender. Nosotros, mi civilización, ¿estará empeñándose en el camino inverso?
- Justamente, por todas partes: concentración, cada vez en menos manos, de las oportunidades de todo tipo, "oportunidades" aún, digo bien.
- Para algunos será un gran desarrollo.
- Seguramente, pero ínfimo en términos globales, por tantos contrastes extremos y poderes en pugna. Es como si tu sociedad toda se empeñara en quedarse detenida en el tiempo.
- ¿Y vos? ¿Qué hacés vos?

Tácay sonrió y dijo:

- Unas cuantas cosas; a ver, por ejemplo, proceso la información de las Universidades del planeta.
- ¿Y eso? ¿Para qué puede servirles?
- Todo sirve. De cuando en cuando detectamos algo interesante.
- ¿Sólo por eso?
- Es importante estar informados, evitar sorpresas, los saltos tecnológicos son eso: "saltos".
- ¿En todo el planeta?
- ¿Tú eres ingeniero, recibido hace un par de años?
- Sí.
- Recuerdas muy bien tu Laboratorio de Alta Tensión.
- Por supuesto.
- Mira allí, entonces - dijo Tácay, señalando hacia un punto de la pared.

Patricio giró un poco para ver mejor. Un rectángulo se iluminó y apareció la sala de ensayos con ondas de impulso de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de La Plata. Patricio se impresionó, pero pudo componerse y decir:

- Pero, ¿de cuándo es esa imagen?
- De este momento.
- De este ... No hubo ningún gesto por parte de Tacay, pero la imagen se tornó móvil y dijo él: - Mira, están haciendo un ensayo bajo lluvia simulada.

Patricio no agregó palabra. Sus ojos recorrieron la pared, no quiso imaginar cuánta información podría aparecer en cualquier lugar de ella. Para no aturdirse, prefirió una pregunta más trivial:

- ¿Cómo hiciste para activar ese recuadro?
- ¿Cómo haces tú para activar un televisor? - Hago que un aparatito emita la señal.
- Igual hago yo, sólo que no me hace falta un aparatito intermediario.

Se abrió la puerta de la habitación e ingresó Cétir con tres cafés humeantes en una bandeja. El aroma pleno y agradable envolvió de inmediato a Patricio haciéndole decir:

- ¿Toman café, también, ustedes?
- Claro que sí. Éste es de Quindío, Colombia. Lo recibimos ayer - respondió Cétir.

Patricio tomó uno de los pocillos, sin poder menos que observar la porcelana, de una blancura perfecta y casi transparente. Más como humorada, se le ocurrió decir:

- ¿Porcelana china?
- ¡Por supuesto! - respondió Cétir, complacida.

Patricio se sirvió dos cucharaditas de azúcar. Bebió en silencio, mirando a sus dos amigos y comprendiendo que su visita había concluido. Cuando terminaron esa delicia de café, Tácay le dijo a su hermana:

- Yo me ocupo de esa bandeja - y mirando a Patricio, agregó: - Ha sido muy agradable conocerte.

Patricio comenzó a seguir a Cétir, diciendo:

- Lo mismo digo, gracias por tantas sorpresas - y agregó: - Yo voy a contar sobre todo esto.

Amplias sonrisas de Tácay y Cétir. Él dijo:

- Podrás hacerlo cuantas veces quieras. Será muy sencillo: ¡nadie te creerá!

El artefacto esférico estaba a pocos pasos, frente a la casa. Patricio se detuvo, mirando a Cétir, antes de subir los peldaños.

- Hace siglos, llegaron ustedes acá, ¿de dónde?
- Respuesta complicada - fue todo lo que dijo ella, fijando su mirada en él una fracción de segundo.

Patricio se sentó en el sillón. Luego del breve mareo abrió los ojos. Cétir le sonreía del otro lado del cristal. Se levantó en dirección a la puerta que acababa de abrirse. Giró para mirar a Cétir. La actitud de ella era de permanecer allí, pero se llevó los dedos a los labios y le envió un beso.

Los pies de Patricio tomaron contacto con la vereda y desapareció la nave esférica.

Estaba en la explanada del Pasaje Dardo Rocha, en la calle 49, enfrente de El Cafetal. Miró su reloj: exactamente diez minutos desde su "salida".

Cruzó la calle pensando que podía reinsertarse en su cotidianidad tomando otro café. El cuarto en menos de veinte minutos.

El mozo depositaba el café en la mesa y Patricio percibió, con claridad, la extraña secuencia siguiente: "Chavín-Mochica-Huari-Chimú-Inca".

Se quedó pensativo un momento. Otro "pueblo" era el de los Incas, así había dicho Tácay. ¿Ellos eran "Chimú"? ¿Cuál era el sentido de esa secuencia? Trató de concentrarse y esforzar la memoria por lejanas y olvidadas lecturas. ¿Chimús e Incas? ¿No habían sido dos Imperios, que dirimieron la supervivencia de uno u otro, antes de la llegada de los Españoles? ¿Y después?

"No, no, es demasiado. ¡Tu respuesta es complicada, Ceterni! ..., nunca me interesé por historia antigua americana. Está bien, Cétir, quizá debería leer algo, qué remedio me queda".

Bebió despaciosamente el café, mirando a la calle. "Mejor no hacer comparaciones - se dijo - aquel era de Quindío, sí, eso fue lo que escuché. ¿En qué parte de Colombia quedará Quindío?".



Jorge B. Hoyos Ty.

¿Chimú?

II - Sorpresas

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